Finlandia en Lima: Retrospectiva Kaurismäki

Finlandia cumple 100 años de independencia en el 2017 y a lo largo del año, y en distintas partes del mundo, estamos celebrando su recorrido como país independiente. El recorrido histórico de Finlandia no ha sido fácil. Mantener la independencia durante estos 100 años y llegar a los altos niveles que ahora tenemos en educación, innovación y competitividad; bienestar social e igualdad de oportunidades; transparencia, democracia y solidez institucional, implicó años de arduo trabajo, sacrificios, renuncias, y mucha disciplina. Debimos superar muchas adversidades, incluidas varias guerras, y sólo lo logramos gracias al espíritu indoblegable de nuestra gente y a los consensos construidos en los momentos y puntos críticos. La celebración de este centenario de vida independiente representa para nosotros un homenaje a tantos hombres y mujeres que con su vida y su esfuerzo lograron alcanzar y conservar nuestra independencia y sentaron las bases de nuestra nación. Con nuestro mayor entusiasmo y cariño, queremos compartir esta celebración con nuestros amigos en todo el mundo. Para ello, estamos realizando diversas actividades y una de las más importantes, aquí, en el Perú, será nuestra participación en el Festival Internacional de Cine de Lima, con una selección de las mejores películas de nuestro querido Aki Kaurismäki, gracias a la gentil invitación del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú, organizador del festival.  

MIKA KOSKINEN Embajador de Finlandia


RETROSPECTIVA AKI KAURISMAKI

 

El cine de Aki Kaurismaki

Entre la realidad y la utopía

 

Un hombre es despedido de su trabajo en una oficina londinense. Sin saber que hacer, decide acabar con su vida. Como no se atreve a dar el paso, contrata a un sicario para que le facilite la tarea. Entonces ocurre lo inesperado: se enamora de una florista. Pero es tarde para cancelar el servicio, y solo le queda tratar de escapar a los intentos de quien se descubre como un meticuloso profesional. Según como se desarrolle esta historia (que es la de “Contraté a un sicario”, 1990) podríamos estar ante una comedia, un thriller o un drama, pero tratándose de Aki Kaurismaki (Orimattila, Finlandia, 1957) es todo eso y algo más, de acuerdo con la trayectoria ya extensa de un cineasta cuya carrera, iniciada en la ficción con “Crimen y castigo” (1983) y detenida (¿definitivamente?) en “El otro lado de la esperanza” (2017) comprende dos decenas de largometrajes y casi otros tantos documentales y cortos. El cine de Aki Kaurismaki es un cine de la quietud y (con contadas excepciones) de la parquedad. Sus películas acumulan silencios, omisiones, elipsis y reiteraciones. Es un cine seco y austero, con un despojamiento que hace pensar en el de Bresson y un tratamiento espacial que recuerda en algo al de Ozu, un cine donde los desastres suelen presentarse acompañados de un humor secreto y de salidas optimistas (aunque no siempre). Sus actores son personas de poco hablar, pero de palabra justa. El fallecido Makku Peltola y la luminosa Kati Outinen son los prototipos kaurismakianos. El suyo es un cine de perdedores de corazón tierno, bares donde remojar las penas en vodka y desempleados súbitos que ponen sus vidas en espera. Los mismos personajes (incluso los mismos actores y actrices), lugares y situaciones aparecen una y otra vez. Sus protagonistas deben enfrentarse a patrones abusivos, matones de poca monta o mujeres fatales, todo ello acompañado por tangos capaces de poner pálidos de envidia a los propios porteños, rock clásico y canes amigables. Hemos señalado que el ascetismo de Aki Kaurismaki recuerda al de Bresson por su despojo de elementos al interior del plano, pero también debe otro tanto al burlesque exacto y perfecto de Buster Keaton y a la efusión de sentimientos de Chaplin. Hay mucho de fatalidad -pero asimismo de resistencia interior- en sus protagonistas, que se pueden doblar, pero no quebrarse, manteniendo intacto su lado rebelde e insumiso. En sus películas, como en las de sus maestros del cine silente, al lado del slow burn de rigor (la lenta ascensión de la ira) encontramos esa variante cada vez más rara denominada deadpan,  un efecto humorístico en el que se combinan la falta de expresión actoral, la persistencia de una imagen y del rostro impávido que la contempla. Sus personajes, aunque se encuentren al borde de la desesperación, encajan bien los golpes y hasta son capaces de ganar la competencia (no por velocidad sino por mera terquedad) como ocurre con los despedidos de Nubes pasajeras (1996). Imposible olvidar a un nombre clave en el universo visual de este maestro del cine: es el de Tino Solminen, el director de fotografía que trabaja con Kaurismaki desde Crimen y castigo (1983) y cuya variada paleta ha sabido llevar a la pantalla su obsesión por los colores saturados, los letreros de neón, los interiores en claroscuro y los tonos despojados a semejanza de las pinturas de Edward Hopper, aunque también el blanco y negro y la sinfonía de grises de Juha (1999). Aki Kaurismaki suele decir que reserva su pesimismo para la vida real y deja al cine la posibilidad de encontrar salidas, aunque a veces haya que mentir un poco para poder mostrarlas, de allí que muchas de sus películas resuelvan las crisis combinando una ternura melancólica con una lucidez desencantada. Son historias urdidas por un anticapitalista romántico y que beben su lado  utópico no solo en el escepticismo escandinavo sino también en la contracultura norteamericana de los años 50 y 60 –con sus grupos de rock, hipismo y desarraigo- y en la Nouvelle Vague (sobre todo el primer Godard, no es casual que la productora de Aki y Mika Kaurismaki se llame Villealpha). Finlandia es un país de grandes llanuras y colinas, con inviernos feroces y sol de medianoche, cuya capacidad de desvelo tal vez explique que sus nacionales sean grandes bebedores y cultiven el absurdo. Aki Kaurismaki corresponde plenamente a este retrato, aunque en su cine predomine la parte urbana, con un gusto marcado por las ciudades con puerto, gusto que mantiene en sus rodajes europeos (Le Havre, 2011), en los que se cruzan migrantes, desheredados y proletarios de corazón generoso. Poder asistir a una retrospectiva de su obra es emprender una travesía sin pierde por los sueños y utopías de uno de los pocos cineastas contemporáneos imprescindibles. Un adjetivo cuya importancia y peso se miden ahora, cuando ha anunciado su próximo retiro y que El otro lado de la esperanza  será su última película. Esperemos que solo se trate de un ataque superable de pesimismo y que podamos seguir contando en el futuro con nuevas ficciones de este fabulador solidario, comprometido a fondo con los desposeídos y afectado por el devenir incierto de la condición humana.

 

FEDERICO DE CÁRDENAS

 

                 

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