Homenaje Póstumo: Jordi Abusada



Conocí a Jordi cuando estaba en la escuela de cine de Robles Godoy,  Jordi tenía 19 años y yo un par menos, acababa de salir del colegio. Desde el primer día nos hicimos amigos. Como yo vivía en Chaclacayo algunas veces me quedaba a dormir en su casa de Jesús María. Recuerdo muy bien los almuerzos con su familia, mitad de origen palestino y mitad catalana, afincados en Perú. Pilar, su madre, nos preparaba un plato árabe delicioso, con fideítos y arroz, mientras su abuelo, el patriarca palestino de barba blanca, fumaba con su pipa en la mesa. Jordi en esa época ya era fotógrafo y vivía con una cámara fotográfica en la mano. Tenía un cuartito con un laboratorio y el mismo revelaba las imágenes que registraba observando desde  su objetivo. Yo descubrí la magia de la fotografía en ese cuartito. Revelábamos juntos y veíamos aparecer sombras en blanco y negro que se convertían en retratos, paisajes o imágenes que nos invitaban a buscar  historias.

Luego vino la imagen en movimiento y las ganas de hacer películas. Yo viajé a estudiar cine a España y un año más tarde  llegó Jordi, que se matriculó en una escuela donde se formó como director  de fotografía. Con el tiempo creamos una productora con el sindicato anarquista CGT. Hicimos varios documentales juntos. Después trabajamos con Elías Querejeta, uno de los productores más emblemáticos del cine español, lo conocimos gracias a Fernando León, que era mi compañero de carpeta en la facultad.  Jordi también trabajó  con Fernando en muchas películas y se hicieron muy buenos amigos. Los tres viajamos a rodar un documental durante la guerra en la antigua Yugoslavia, estuvimos con víctimas del conflicto en Bosnia, Serbia y en Croacia. Jordi incursionó  también en la ficción, trabajó con importantes directores de ambos géneros, como Montxo Armendáriz, director de películas  tan relevantes, como Tasio. Los últimos años ya era difícil contar con Jordi, los directores se lo peleaban.

Para mí es muy difícil hablar de Jordi, ya que siento que he perdido un hermano, alguien con quien compartí el amor por el cine y por la vida. Jordi veía el mundo a través de su cámara,  y los directores que tuvimos el privilegio de trabajar con él veíamos el mundo  través de sus ojos. Jordi además hacía magia, pero no solo con la luz, era ilusionista, se presentaba en cafés y en los rodajes siempre les hacía trucos a los protagonistas. Cuando estos descubrían que era mago, teníamos que parar el rodaje para que empezara la función. A veces dan ganas de creer que la desaparición de Jordi es un truco de magia de los suyos y que en cualquier momento aparecerá entre nosotros.

Estuvimos juntos en el Kurdistán, en la guerra de Irak, en Chiapas, en Palestina y en muchos sitios más. Vivimos muchas cosas juntos. Intentamos ser testigos de nuestra época.  Vimos realidades muy duras y también nos sucedieron cosas divertidas. Una vez sufrimos una persecución por parte de la policía secreta turca por el Gran Bazar de Estambul. Estábamos rodando un documental sobre el problema kurdo un año antes de hacer La Espalda del Mundo. Nos separamos para despistar a los policìas y nos perdimos en el Gran Bazar. Nos encontramos de milagro horas después y para relajarnos del susto decidimos darnos un baño turco en un lugar con una bóveda  preciosa, muy antigua. Al entrar vimos que éramos los únicos en aquel sitio y de pronto un turco bigotudo clausuró la puerta y nos encerró en un cuarto lleno de vapor, donde  casi no se podía respirar. Le dije a Jordi que la policía nos podía haber seguido hasta allí, y que si era así estábamos perdidos. En ese momento entraron tres bigotudos más y nos empezaron a torturar. En realidad nos estaban dando un baño, pero nosotros creíamos que nos estaban torturando, ya que el baño era dolorosísimo. Nos gritaban en turco entre golpetazos y baldazos de agua fría y caliente que nos lanzaban con muy poca delicadeza. Con el vapor, los  golpes, baldazos de agua y el ataque de risa  que nos entró  estuvimos a punto de desfallecer. Al  terminar el calvario nos fuimos al hotel a descansar como si hubiéramos sobrevivido al peor  de los interrogatorios.

Al día siguiente la policía turca llegó de verdad y  nos deportó del país. Cuando nos llevaban detenidos al aeropuerto pararon el carro en medio de la autopista y nos pusieron a cada uno una pistola en la cabeza. Era para asustarnos y que nos quede claro que nunca más deberíamos volver. Después de sobrevivir al baño turco esto nos pareció un mal menor. Un año después regresamos a Turquía a rodar la historia de la mujer kurda Leyla Zana.

A Jordi siempre le gustaba contar una anécdota  que lo divertía mucho. Vivíamos juntos en un pisito de Madrid con nuestro amigo el poeta Iván Yauri. Yo tenía que levantarme a las siete de la mañana para ir a la facultad y me acosté temprano. Entonces, cuando yo ya estaba dormido,  Jordi cogió mi reloj y adelantó el tiempo para que en una hora sonara el despertador como si fueran  las siete de la mañana.  Luego Jordi e Iván se metieron en sus camas fingiendo estar secos. Sonó la alarma, vi que eran las siete  y  muerto de sueño me metí a la ducha.  Salí a la calle sin hacer ruido para no despertar a mis colegas.  Ya en la calle descubrí que todo estaba oscuro y el metro cerrado. Regresé a la casa  pensando que había un eclipse y una huelga en el metro. Cuando entré Jordi e Iván estaban que se morían de risa. Se divirtieron durante años con esa broma.

Cuanto me gustaría querido Jordi, coger un reloj y poder retroceder el tiempo, para que nunca subas a esa trágica avioneta. Tu partida nos ha dejado a los que te queremos más solos.

JAVIER CORCUERA

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