Edgar Saba y El Festival de Cine de Lima: Por la Sonrisa del Público

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Todo comenzó una fría tarde de agosto de 1996, en el Café de las Artes –hoy Charlotte-, del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Alrededor de una mesa, entre infusiones, tazas de café y cigarrillos, pues todavía se podía fumar en lugares públicos, Edgar Saba, Alicia Morales y quien escribe estas líneas, hablamos por primera vez de hacer en Lima un festival de cine. Esta escena vuelve a mi mente cada vez que he escuchado a Edgar decir que el impresionismo nació en una reunión de cuatro amigos pintores en una taberna de París, como para enfatizar que ninguna manifestación artística auténtica surge de un decreto o decálogo. También de aquel encuentro informal entre dos amigos y un recién llegado, animados por el mismo espíritu de crear algo nuevo, nació el Festival de Cine de Lima.

Dos años antes, Edgar Saba había sido nombrado director del Centro Cultural por el rector de la Universidad, Dr. Salomón Lerner Febres. Esta designación primero, y el proyecto de organizar un festival de cine después –que inmediatamente contó con el respaldo de la alta casa de estudios y el Dr. Lerner Febres-, coincidieron en plantearle a Edgar un reto que años después definiría con las siguientes palabras: “hacer que los peruanos se sientan ciudadanos del mundo”. A ese objetivo mayor, entendido como el acto de abrir una nueva ventana al intercambio artístico y cultural entre Perú y el resto del mundo, dedicó Edgar su gestión al frente de una institución y un evento por más de veinte años.

Actor, director, filólogo y dramaturgo, Licenciado en Lingüística y Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Perú, y en Dramaturgia y Dirección por el Drama Centre of London, Edgar Saba cuenta con una extensa relación de puestas en escenas del teatro clásico y universal que ha dirigido en Inglaterra, España, Francia y el Perú. Entre ellas se destacan Bodas de sangre, La vida es sueño, Edipo Rey, Esperando a Godot, El rey Lear, Casa de muñecas, La muerte de un viajante y una versión para el escenario que hizo de la novela La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, que fue estrenada en Madrid en 1980 y luego repuesta en Lima en 2012.

Impartió docencia como profesor de guion y dirección en la especialidad audiovisual de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y en Radio Televisión Española, como profesor de actuación y dirección en la Real Escuela de Arte Dramático y la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la Pontificia Universidad Católica de Madrid, y ha sido profesor invitado del New World School of Arts, en Estados Unidos. Dictó talleres para actores y directores en el Centro Cultural PUCP, y dio clases de actuación en el Teatro de la Universidad Católica (TUC), de donde es también egresado.

Su labor como gestor cultural ha sido reconocida con las condecoraciones que le fueron otorgadas por el Parlamento de la República Checa, el Grado de Comendador concedido por el gobierno chileno y el título de Caballero de las Artes y las Letras que le entregó el gobierno francés. También recibió de la Pontificia Universidad Católica del Perú la Medalla de Honor Jorge Dintilhac.

Intelectual de sólida formación humanista, Edgar Saba condujo al Festival de Lima desde su modesta primera edición, que se dio a conocer como Encuentro Latinoamericano de Cine, hasta lo que es hoy, un certamen de referencia continental que ha inscrito el nombre del Perú en el mapa de las citas fílmicas más importantes de América Latina. Ello fue posible gracias a que supo inculcar en el equipo organizador bajo su mando, la empresa privada que brinda un vital apoyo, y las propias autoridades universitarias, la convicción de que se debía y se podía pensar en grande, de que el éxito de un evento de esta naturaleza no depende de su extensión, sino de su intensidad, y de que por encima de todo había un público ávido por ver buen cine de todas partes del mundo. “El objetivo del Festival es muy simple – manifestó en su última entrevista como director del mismo-: la sonrisa del público”.

Es por esa sonrisa, que el homenaje que ahora le rinde el 20 Festival de Lima no es solo el que entrañablemente le tributamos sus compañeros de travesía; el que seguramente suscribirían los cientos de hombres y mujeres de cine de América Latina y otros países que gracias a este evento conocieron al Perú, su gente y su cultura; el que en particular el cine y los cineastas peruanos deben sentir como suyo por esa oportunidad única que durante veinte años les ha brindado el certamen de expandirse, consolidarse, multiplicarse.

Es el homenaje que le rinden, sobre todo, los cientos de miles de espectadores de la capital y otras regiones del país, que siempre agradecerán a su obstinación y perseverancia, y a sus reiteradas invocaciones de la eternidad, el infinito y la inmortalidad, el haber tomado aquella incipiente idea surgida en un café limeño, una fría tarde de agosto de 1996, para transformarla en este trascendente acontecimiento cultural que hoy nos invita a celebrar su vigésimo aniversario.

 

Carlos Galiano

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