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30 años de una nación

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Por Arlem Quevedo Flores

Jorge Sanjinés es uno de los directores homenajeados del 23 FCL y con mucha razón: el arte cinematográfico le calza perfectamente en las manos. Su filmografía narra la lucha social de pueblos indígenas bolivianos y retrata, a la par, esta reivindicación a través de toda Latinoamérica. Pero lo que más sorprende y conmociona es que Sanjinés no se limita a contar una historia andina, sino que busca su propia narrativa para observar fidedignamente, a través de la cámara, a un pueblo expresarse. La Nación Clandestina (1989) es la obra que, tras un camino de descubrimiento, recoge su esencia y propone una forma propia, íntima, de hacer cine.

La película exhibe el regreso de Sebastián Mamani a su comunidad, tras ser desterrado de esta por traición, en un intento por pagar sus culpas bailando el Danzanti hasta morir. En medio de un contexto político convulsionado, emprende este camino en el que rememora su pasado. Y de la mano de Sanjinés, no solo sentimos la necesidad del personaje, sino la de toda una comunidad que alza la voz por sus derechos como ciudadanos. La cámara abraza la cultura aymara y la captura de manera natural, con planos secuencia que danzan hasta el término de la película. Esta fluida narrativa desvela, hipnotiza y conecta. No hay escena que no genere un sobresalto de emociones tras incurrir en el conflicto. Desde la oposición a la voluntad política de la comunidad hasta el rompimiento de relaciones familiares, cada disputa se desarrolla magistralmente alrededor de una cámara que no se detiene ni invade, sino que acompaña.

Así, el nombre de la película toma forma cuanto más visión tenemos del espacio en el que nos sumergimos. Una nación clandestina que se reivindica ante la discriminación e imposición de una cultura ajena. Para este fin, la fotografía, a cargo de César Pérez, aporta perfectamente a la obra. Expone extensos caminos, precarias ciudades, grandes montes andinos y, a la vez, grupos humanos de toda edad, organizados, disconformes, rostros, intenciones, miedos, añoranzas, fuerza.

Y, como parte de esta estructura narrativa, que podemos apreciar plasmada últimamente por Catacora en Wiñaypacha, Sanjinés no se limita y relata a través de las lenguas indígenas correspondientes, como lo es en este caso el aymara. En este filme, nos situamos en un vaivén entre lo urbano y lo rural que nace desde el diálogo. Sebastián habla en español y aymara, pero la película se comunica a través del último. Cada palabra es justa. Además, para el desarrollo de un personaje que constantemente renuncia a su identidad originaria, la lucha de ambas culturas desde el idioma es lo que conlleva al clímax, a que su danza a muerte signifique la reconciliación con la comunidad y, por ende, consigo mismo.

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